Pulpo de Andrea Itúrburu: la rabia y la liberación desde el cuerpo
- Diana Hurtado
- 13 feb
- 3 Min. de lectura
Guayaquil puede ser una ciudad hermosa y cruel al mismo tiempo. Caliente, sofocante, voraz. En ella, todo parece arder: el tráfico, la piel, el trabajo, el deseo. Y en medio de ese fuego se mueve Roxana, la protagonista de Pulpo, la primera novela de Andrea Itúrburu, publicada por Brazo de Mar Editorial.
Roxana trabaja en una agencia de publicidad, un mundo donde todo se vende, incluso la imagen de una misma. Vemos como su día a día transcurre entre reuniones, campañas, deadlines y una serie de hombres que, de una u otra manera, la reducen: el jefe que la elogia para luego desplazarla de manera sutil, el cliente que la escucha condescendiente, el novio que la desea pero que después le propone tener relaciones con otra mujer. Ella se enfrenta a este Guayaquil que la hunde diariamente.
El libro está dividido en tres secciones (Mimética, Depredadora e Invertebrada) que funcionan como etapas de una metamorfosis. El título de cada parte nos podría servir también para describir la experiencia de cualquier mujer que ha tenido que adaptarse a las estructuras de poder que la invisibilizan: primero se mimetiza, luego aprende a devorar y finalmente se descubre sin huesos, sin soporte, libre y vulnerable a la vez. Esto se desarrolla en Roxana desde la infancia hasta la adultez.
No es casual que el prólogo, escrito por David Aguirre Panta, hable de una “poética de la animalidad femenina”. Porque esta novela no solo cuenta una historia: propone un lenguaje nuevo para habitar el cuerpo. “El pulpo”, dice el prólogo, “se enrosca en una zona híbrida: lenguaje y cuerpo se hacen uno y no se logran diferenciar”.
La novela abre con una escena que me pareció brutal: el químico del alisado deslizándose sobre su cuero cabelludo, el ardor que aguanta para verse “profesional”. Desde ahí se nos deja claro que el cuerpo de Roxana no es solo suyo; es un territorio intervenido por los otros: la abuela que la peinaba casi religiosamente, la madre que trabajaba bajo el sol vendiendo agua, los jefes que le piden sonreír más, el cliente que decide si su pelo o su tono de piel le parecen adecuados para representar una marca. Roxana vive en una tensión constante entre el brillo y el desborde.
Hay algo que me parece súper potente y es en cómo la novela se articula esa herencia materna. La abuela, rígida y religiosa, intenta domesticar el caos; la madre, en cambio, encarna el instinto, el deseo y la supervivencia. “Durante años, mamá calcinó sus tentáculos en el asfalto hirviendo”, dice Roxana sobre su madre, quien era vendedora ambulante. Roxana crece entre esas fuerzas y el resultado es una mujer que ha aprendido a imitar a los depredadores para no ser devorada.
Quiero decir que Roxana no es una mujer ejemplar, y ese es uno de los mayores aciertos del libro. Es contradictoria, insegura, a veces cruel. Pero en su fragilidad hay una verdad que pocas novelas se atreven a explorar: la del cansancio. Ese cansancio de tener que sonreír, de tener que rendir, de tener que ser fuerte todo el tiempo. Hasta que finalmente se libera con toda su fuerza, Roxana se suelta el cabello y encuentra cierta redención para sí misma casi llegando al final del libro. Es una escena caótica y genial, por eso tienen que leerla, para que esa rabia explote en su cara sin contemplación.
Quizás por eso, cuando Roxana recuerda a su madre en el mar “Mira cómo me hundo y mi pelo sale seco”. Entendemos que el pulpo no se asusta. Se adapta, se multiplica, se rehace en la oscuridad. Así también las mujeres de esta novela: criaturas que han aprendido a respirar bajo el agua, a sobrevivir en una ciudad que las quiere muertas o planchadas.
En su tinta queda la huella de todas ellas.

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