Cuando se fueron las libélulas de Santiago Toral Reyes, una novela para leer la vida en Guayaquil desde nuevos territorios
- Joaquín Tamayo
- 13 feb
- 5 Min. de lectura
Quiero empezar con una concepción sobre habitar una ciudad como Guayaquil: este ecosistema se ha convertido en el primero en atentar contra nuestras vidas. Es a partir de esta concepción que quiero hablar de Cuando se fueron las libélulas de Santiago Toral Reyes, la segunda novela del autor publicada este 2025 (la primera Del mar viene de la mano de UCG Ediciones y la segunda por Brazo de Mar Editorial como parte de la colección Deltas). En momentos críticos como a los que nos enfrentamos (una crisis de inseguridad que parece no vislumbrar una pronta solución) ¿es posible pensar en Guayaquil más allá de este contexto de violencia? Sí. Tenemos que. De lo contrario, me parece que nuestro destino es vivir tan atormentados como el protagonista de esta novela.
Algunos detalles necesarios para que el lector se familiarice con este libro. Cuando se fueron las libélulas nos sitúa, como ya podrán imaginarse, en Guayaquil, en Urdesa, en la vida de Mateo, profesor de biología frustrado que regresa a vivir a casa de sus padres luego de un divorcio. Mateo, además de cargar con el peso de vivir en una ciudad como Guayaquil, tiene una extraña maldición (o mala fortuna) en la que las personas comienzan a morir a su alrededor. Además, afronta una enfermedad que para algunos lectores podría parecer un detalle divertido más, pero que a mí me resulta un dato literario tan interesante como las muertes que lo atormentan: Mateo no entiende porqué tiene, a cada momento, ganas de orinar.
Es aquí donde la novela halla una forma muy atractiva de poner en conflicto a su protagonista. Mateo, experto en las ciencias naturales, el estudio de la vida, se enfrenta a dos situaciones que no puede explicar con la lógica. Porque la vida, en Guayaquil, es siempre enfrentarse a la incertidumbre.
Es en ese acontecer incierto de experimentar una muerte que la novela se construye con un ritmo atractivo y enganchante. Quien ingrese a este libro no podrá soltarlo, porque, al igual que Mateo, será invadido por la sensación de que algo malo va a suceder. A veces la muerte se concreta, a veces no y, cuando llega, la adrenalina invade la lectura, como se puede apreciar en el siguiente párrafo, cuya tensión es palpable en cada una de las palabras utilizadas:
“Escucho un auto que hace chillar las llantas, no logro verlo porque siento el cuerpo pesado, luego oigo un impacto, un golpe seco y segundos después otro golpe, una caída. Un aire helado me abraza, escucho un susurro de agua y un olor a tierra mojada, a mangle maduro con todos los microorganismos muertos que yacen entre sus raíces”.
Podría estudiar horas y horas pasajes que están narrados con mucha potencia como estos, pero prefiero hablar mejor de la voz quien cuenta la historia, ese personaje que nos permite leer a Guayaquil de otra forma, porque el habitante es la ciudad.
Sobre Mateo conocemos mucho en esta novela, dado que es su voz en primera persona quien nos cuenta la historia. Sin embargo, yo me quedo con una descripción externa a su personaje, una descripción entregada a Mateo por su abuela Marta (un personaje que, a mi juicio, el lector encontrará como muy enternecedor en la historia). Esta abuela le dice lo que todo esperaría de una abuela: “No naciste para vivir en una sola playa, el océano inmenso es tuyo”.
Es en esta sentencia (dejo a criterio del lector si le dejó una buena fortuna o no al personaje protagonista) es que Mateo recorre las calles de Guayaquil como si fuera una playa en la que busca ese océano inmenso. Deambula por Urdesa en la búsqueda de qué hacer con su vida, con su hijo Lucas, con Rebeca, su ex-esposa, con su actual pareja, con su familia, siempre apuntando con un humor sarcástico y ácido que refleja la característica de la voz del guayaco. Porque Mateo, profesor de biología, puede en un punto dado de la novela hablarnos de sus impresiones sobre Humboldt y, al mismo tiempo, lanzar reflexiones tan acertadas como la siguiente:
“Un hombre o una mujer sin culo es un desperfecto de la creación, una discapacidad corporal en la que la espalda se una de forma anárquica a los muslos sin ninguna elevación que hiciera de trasbordo”.
La picardía del guayaco es algo que permea las paredes de esta novela como un brazo de mar, así como las libélulas, la muerte, la crisis y la ciencia. Quien ingrese a esta novela puede esperar de todo, una mezcla de ingredientes como el humor, el dramatismo de muertes ilógicas y explicaciones científicas que parecerían no funcionar, pero que lo hacen.
La historia de Mateo, además, nos enfrenta a pensar en nuevas formas de ver lo masculino, narrada con una sensibilidad que siempre se agradece en la literatura en tiempos donde el conservadurismo y la tradición amenazan con pensar en los hombres como solo “machitos”. Y en esas nuevas reconfiguraciones también se muestra una nueva forma de pensar en Guayaquil como una ciudad más allá de las categorías tradicionales.
Sin embargo, hay una característica más allá de ese tono sarcástico que creo es uno con el que todos los que habitamos en ciudades peligrosas podremos sentirnos identificados y es el miedo.
Después de la pandemia del COVID-19 nunca volvimos a ser los mismos, enfrentados a una crisis que reflejaba nuestra fragilidad. Tal como señala el personaje de Mateo: ““El cuerpo humano, aunque no parezca, es tan frágil como el vuelo de una libélula”. Y, confrontados con la realidad de esa fragilidad, hoy nos hallamos frente a los remanentes de esa crisis sanitaria que no solo ha dejado una secuela en la enfermedad, sino también en los comportamientos sociológicos de una ciudad como Guayaquil. Hay pérdidas que sobrepasan la muerte y es a la que nos enfrentamos los sobrevivientes de las catástrofes. Esta novela muestra lo que viene después de la crisis.
Por eso cuando mencioné que no me parece que el detalle de la vejiga descontrolada de Mateo sea algo menor es porque en esa imagen recurrente a lo largo de la novela, manifestación del miedo, encuentro un vínculo muy profundo con nuestra el guayaquileño en crisis. Sobre su vejiga, Mateo dice:
“He intentado esto con mi vejiga. Es una niña asustada y con mi ansiedad lo único que hago es atemorizarla más, cuando lo que debería hacer es calmarla, decirle que debe relajarse, que no corremos peligro para andarnos meando todo el tiempo”.
¿Pero acaso no corremos peligro al vivir en la ciudad? ¿No tenemos razón de asustarnos como el protagonista de esta novela? No es coincidencia que en tiempos en los que vive el personaje de Mateo le surjan los terrores inevitables de mear. No nos sorprendamos los guayaquileños si de repente, en una ciudad como la nuestra, nos asaltan las mismas ganas del personaje de echarnos a orinar de miedo, porque vivir en una ciudad como ésta es estar expuestos al miedo constante.
¿Hay una explicación para este miedo al que nos enfrentamos? ¿Hay una solución? Quizás en esta lectura encontremos una respuesta a ello, una respuesta para la crisis, porque esta novela nos invita a hacer un ejercicio para repensarnos como habitantes de un ecosistema autodestructivo.
Sin embargo, si es Mateo quien logra o no dar con esa explicación lógica de las circunstancias que lo atormentan, en los entramados de la ficción, está en el trabajo del lector descubrirlo en las páginas de este libro con mucho sabor a mangle.

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