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Ese hilo que se rompe: Relatos de un niña-memoria, un país-fractura

Hace dos años, con el nacimiento de Canutero Editorial, mis compañeros de Literatura y yo publicamos No te olvides de mí. Fue una antología de cuentos donde no solo dimos nuestros primeros pasos como editores, sino que también nos bautizamos como escritores publicados. En ese proceso, tan lúdico como afectivo, la escritora y docente Mariella Manrique inauguró la colección con un relato sobre los silencios rotos de una empleada doméstica.


En esta ocasión, Mariella y yo nos encontramos nuevamente en Ese hilo que se rompe (2025), su última novela publicada por la editorial Brazo de mar y de la cual fui correctora.


La novela sigue la voz protagonista de una niña en el Guayaquil de los años 80 —específicamente, 1981— quien no solo busca entender el horror de la guerra, sino su propio tránsito hacia la adolescencia: ese que, al igual que un conflicto armado, aparece como una herida abierta, punzante, subversora de la realidad. Es una niña inquieta, torpe, cuerpo de la inocencia que toda tragedia —siempre personal, siempre compartida— desarma y obliga a reponerse pronto. A levantarse. A crecer aunque no se quiera.


En medio de hermanas distantes, una madre ocupada, un padre absorbido por lo bélico y una niñera apodada la Soldado, la niña encuentra refugio en los últimos atisbos de la infancia: la aparición de un Pez que le revuelve las emociones y el estómago, y el abrazo baboso de Funchis, una criatura imaginaria y lanuda que se amarra al corazón para darle espacio a la ternura.


Hay una configuración de la voz infantil que me encanta y que muta conforme avanza este viaje. La niña descubre cosas a las cuales no sabe darles nombre, traumas que reaccionan en ella como remolinos, noticias que repite una y otra vez como alarma ambulante de la catástrofe y cantos televisivos que la regresan al goce. La niña es un campo minado que aprende a jugar con sus propias balas mientras descubre la crueldad, la pérdida y lo que significa ser una mujer futura.


El conflicto de Paquisha, presente en los himnos, en los programas, en las conversaciones del día a día, marca en la obra una ruptura del país que se enlaza directamente con la identidad patriótica, pero también, puertas adentro, con el desmoronamiento familiar. De este modo, pasamos a ver un padre que se vuelve sombra, una madre que vuelve a ser hija, unas hermanas que se reconocen limbo frente a la menor, una Soldado que no sabe cargar más con su armadura. Y, sobre todo, la niña se pregunta por la desaparición de Funchis y su amigo Pez. No logra comprender que su infancia, al igual que el territorio, le han sido arrebatados sin darse cuenta.


No obstante, lo que verdaderamente me enternece de esta obra, es su apuesta narrativa: porque teniendo un tema grande como la guerra y el conflicto humano, decide que su importancia está en la experiencia femenina y los momentos dulces que puede encontrar dentro del caos. Así, mientras la ciudad se militariza, la economía fluctúa y los soldados pelean, la niña descubre el cine, se interesa por los chicos, batalla con sus tareas y encuentra en sus vecinas y demás personajes femeninos una red de cuidados, de afectos, de esperanza. 


Poco a poco, la llegada de la adolescencia deja de percibirse como un proyectil invasor, y pasa a convertirse en arrullo, en receta, en hilo que sostiene. No lo dice, pero comprende que si hay hilos que se rompen, es para que otros nuevos puedan amarrarse al corazón.


Páginas antes de finalizar la novela, se cierra también el conflicto de Paquisha. Estando en este punto, como editora, surgió en mí una leve alegría por la niña. La vida no sería igual, pero habría, supuse, algo más de paz colectiva.

 

Estaba equivocada.


La protagonista, ya en un tono más maduro, relata minuto a minuto la nueva catástrofe que sacude al país: la muerte del presidente Jaime Roldós. La niña, ya adolescente, comprende ahora los alcances del ser humano, el poder paralizador del miedo y, como yo leyendo las líneas finales, la ficción de la paz absoluta. Ya no es ella quien busca refugio, sino quien se torna hacia la madre-hija para abrazarla y evitar que se rompa, que se caiga, que se vuelva hilo suelto. 


Todos escuchan la tragedia que irrumpe una vez más en la realidad, partiendo en dos la transmisión de un partido de fútbol. Partiendo en dos nuevamente el territorio. El rostro. La familia. La vida.


Ese hilo que se rompe acaba separado de la fantasía que lo acompañaba al inicio, pero tejido por una nueva voz que sabe hilar cobijo entre las cenizas. Y ese, es un acto tan valeroso como el de poner el cuerpo en barrera de defensa.


Sin duda alguna, esta historia no solo marca una transformación de la niña como personaje; para mí, esta novela refleja el crecimiento de Mariella Manrique como escritora, y cómo de un modo similar, en medio de la violencia que se levanta en nuestro país, apuesta por una historia íntima que refleja las pequeñas, grandes complejidades de crecer.


Quizás, ese desvío hacia la ternura sea lo que ahora nos sostenga.

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